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Mujeres jóvenes y primeras relaciones de pareja

Antes de avanzar un solo párrafo, primera aclaración: lo que sigue está pensado para mujeres jóvenes heterosexuales que se aventuran en sus primeras relaciones de pareja. Si eres lesbiana, tal vez prefieras esperar a otro momento; sin duda también se hablará de vosotras en otro Tema del Mes.

Dicho esto, arranquemos por algo muy simple que a lo mejor no os habíais planteado: ¿Qué tenéis a favor las mujeres jóvenes por el hecho de serlo? ¿Y qué no?

Rosa Abenoza, sexóloga, nos da unas pistas: "La juventud es la edad perfecta para el cultivo y desarrollo de la sexualidad, ya que al ser estructuras adultas todavía tiernas es cuando las personas podemos con toda facilidad quitarnos de encima rígidas enseñanzas que encorsetan nuestro ser y estar en el mundo como personas sexuadas, diferenciadas, ociosas y osadas".

A lo mejor os cuesta entender a qué se refiere con eso del cultivo y desarrollo de la sexualidad. Confío en que a lo largo de este escrito lo vayáis comprendiendo.

Si os parece podemos hacer una prueba para empezar. Imaginad durante unos instantes lo que vosotras entendéis por un hombre joven. (Sin hacer trampa: dejad de leer unos segundos. Bien: ¿Qué sensaciones os ha producido su masculinidad? ¿Qué os ha hecho sentir la imagen que habéis evocado? Guardadlo en vuestra memoria, y poned de nuevo en marcha vuestra imaginación. Ahora, ¿cómo os imagináis una mujer joven? No lo hagáis en dos segundos y a toda marcha, que las repeticiones luego nunca son lo mismo. ¿Hecho? Repasad y tomad nota de lo que habéis considerado propio de una mujer joven, de lo que os inspira, de cómo os sentís con respecto a esa imagen. Os puede parecer innecesario, pero a veces pasamos por alto cosas muy importantes. Me apetece que os hagáis una idea previa de lo que vosotras entendéis por masculinidad y feminidad antes de seguir adelante, ya que a menudo recurrimos a los tópicos sin darnos apenas cuenta, a proyectar sobre unos y otras formas de vivenciarse como hombres y mujeres que a lo mejor no son tales. Cada una de vosotras tiene la posibilidad de sexuarse -de hacerse mujer- compartiendo rasgos que tradicionalmente se han atribuido a los hombres. Eso es algo que vamos teniendo más o menos claro, tanto que a veces nos confundimos y terminamos por imitarlos, en lugar de encontrar nuestra propia manera de expresarnos.

Tal vez os estéis preguntando a qué viene dar tanta vuelta a las neuronas. Bien, os lo aclaro. La sociedad que os ha tocado vivir, qué duda cabe, venera la juventud. Sobre todo la de las mujeres, y si no, fijaos en la publicidad, en esos carteles que vemos por las calles: mujeres delgadas, distantes y hermosas, tocadas por la magia de un juvenil Peter Pan que les impide crecer (y engordar, y supuestamente dejar de ser bellas al crecer...). Pero ¿os habéis parado a pensar si ése es el modelo de mujer joven que os hace sentir bien, que os ayuda a ser la mujer joven que verdaderamente sois? No siempre nos paramos a reflexionar en torno a cómo nos dicen que tenemos que ser, y si no lo hacemos renunciamos a elegir con autonomía la propia vivencia de nuestro sexo.

Cada una de vosotras tiene una identidad propia, vivida y sentida desde la más pura individualidad, de esto no me cabe duda. Lo único que me pregunto es si os resulta fácil o difícil esto de llegar a ser vosotras mismas, porque si partimos de un objetivo difuso, a ver por dónde vamos a tirar. Y es que la ventaja de ser jóvenes adultas es que lo tenéis todo por delante, es indudable. Pero el inconveniente es que os dejéis atrapar por los estereotipos y en lugar de aprovechar el empuje de la juventud para diferenciaros, para encontraros cada día un poco más cerca de vosotras mismas, os limitéis a reproducir esquemas, esas rígidas enseñanzas de las que habla Rosa Abenoza que os dictan cómo debéis estar en el mundo. Que no es nada fácil esto de singularizarse, no os engañéis. Y la juventud también tiene su cruz: la inexperiencia, las dudas, el tener que aprender a manejaros entre la realidad y los ideales. Nadie dijo que decidir fuera fácil, que desear lo sea, seguro que ya os habéis percatado.

Pero, como ya dije al principio, aquí vamos a hablar de relaciones de pareja, y todavía no han aparecido los hombres más que en sueños, así que vamos a por ellos...

Aprovechad que tenéis a mano el joven que habéis imaginado unos párrafos más arriba (que a lo mejor es vuestra pareja, vuestro hermano, o simplemente uno de vuestros amigos). Fijaos otra vez en él, con más atención. ¿Os parece que le conocéis a fondo, que le entendéis, que os comunicáis a las mil maravillas? Probablemente así sea... para unas cuantas afortunadas. Que nadie me malinterprete: no es que considere imposible un "sí" rotundo a estas preguntas, simplemente doy por supuesto que para muchas de vosotras los hombres siguen -y seguirán, os lo aseguro- siendo una incógnita.

Me vais a perdonar que llegado este punto os cuente algo de ésta que escribe, o sea, de mí misma, otra mujer ya no tan joven. Os confieso que lo hago porque me gusta escribir de tú a tú, y en este caso, de mujer a mujer. Nos pasamos la vida siendo lectoras anónimas, escritoras anónimas, y yo simplemente me he cansado de tanto anonimato. ¿Os acordáis de lo que leías de Rosa al principio, aquello de que hay que liberarse de las enseñanzas que encorsetan nuestro ser? Pues yo hace no mucho decidí que de vez en cuando merece la pena saltarse las normas que dictan cómo debemos escribir de acuerdo con un modelo "serio" o "científico", y elegir mi propia manera de comunicarme. Además, no sé si a vosotras os sucede, pero a mí las lecturas que más me impactan suelen ser las que incluyen testimonios personales, no hay nada que iguale la frescura y la huella de una experiencia real.

De modo que, si no os importa -o mejor aún, si con un poco de suerte sí os importa-, os cuento algo de mi propia vida. Llevo enredando sobre la Tierra 37 años, de los cuales al menos 31 (mi primer "novio" lo tuve más o menos a los seis años, la edad que ahora tiene mi hijo) los he pasado intentando aproximarme a los hombres desde la absoluta conciencia de nuestras diferencias. Y esto, que dicho así suena sencillo, no lo es tanto. A lo largo de mi devenir sentimental, de mi propia convivencia de muchos años en pareja, siempre he observado lo distinto que es interactuar con un hombre de hacerlo con una mujer. No quiero decir que sea mejor ni peor, pero desde luego no se parece demasiado -por no decir en nada-. Y lo peor de todo es que siempre te toca aprender sobre la marcha. Por mucho que sepas, que vayas aprendiendo de los hombres, cada relación con uno de ellos es un mundo nuevo, en el que con frecuencia tienes que hallar por ti misma las coordenadas oportunas. Un aprendizaje cuyo continuo nexo de unión, al menos en mi caso, ha sido siempre el mismo: el amor. Pero, por favor, ampliad vuestras conciencias sobre la marcha: el amor es mucho más que lo que cuentan esas películas romanticonas que tanto nos gustan a las féminas por regla general. El amor es la aceptación, el cariño incondicional hacia otro ser humano.

No os creáis, sin embargo, que se me dio nada bien. A decir verdad, me he pasado media vida considerando que los hombres eran esos seres sexuados a los que sin duda habían puesto ahí para hacernos la vida más difícil pero también más estimulante. Sin rodeos: para ligar con ellos. Claro que a decir verdad no me interesaba demasiado saber cómo eran realmente, qué sentían o cómo lo hacían, cuál era su perspectiva de la vida y de las relaciones.

Tardé mucho tiempo en aprender a amarlos, no sólo a pesar de lo -distintos- que eran, sino precisamente porque lo eran. Me ha costado una vida sentir una proximidad de corazón, un interés genuino por esos hombres que me rodean y a los que inevitablemente encuentro tan ajenos, pero sin duda también tan interesantes. Saltar por encima de nuestras diferencias no es un camino sencillo, pero sí una vía recomendable. Porque nunca lo dudéis: también los hombres agradecen que los tendamos la mano sin exigencias, que nos aproximemos a ellos sin recelo.

A los medios de comunicación les gusta hablar de la guerra entre los sexos, incluso hasta cierto punto fomentarla. Es una tarea pendiente por lo tanto comenzar a hablar de paz entre los sexos, de complementariedad, de mutuo enriquecimiento para todos. Y en ello estamos.

Con este fin, y para ir entrando de una vez por todas en el tema que teóricamente nos ocupa, el dar un repaso a una serie de puntos de especial relevancia en este arduo universo de las parejas, voy a permitirme ese lujo indebido de generalizar lo difícilmente generalizable.

Para arrancar, vaya, vamos a comenzar haciendo examen de conciencia y tocando una cuestión que a las mujeres nos toca muy de cerca: lo que hacemos de nuestras identidades cuando compartimos la vida con un hombre. Que ninguna mire hacia otro lado, ni se engañe: a casi todas las mujeres la identidad nos da un vuelco cuando nos sumergimos en una relación de pareja. ¿Qué a ellos también? Sí, sin duda. Pero mucho menos. Las mujeres somos especialistas en olvidarnos de quiénes somos realmente sólo por ser quienes suponemos que el hombre que amamos quiere que seamos. Para ello, movilizamos todas nuestras energías, nos adelantamos a todos sus deseos. Las amigas, que hasta hace nada lo eran todo para nosotras, ahora empiezan a no serlo tanto; si nos descuidamos, el amor nos absorbe de tal forma que acabamos por convencernos de que sobre la faz de la Tierra no existimos más que dos personas: él y nosotras. El resto puede esperar cuando el amor entra en juego en la vida de una mujer, el inconsciente colectivo vertido en el arte, en la literatura, en el cine, nos lo ha contado una y otra vez: las mujeres vivimos por y para el amor. El amor colma nuestras vidas, es la gran razón de la existencia. Y ojo, que yo no voy a negarlo: lo es. Y una de las preguntas que me hago -y que os invito a haceros- es por qué va a ser malo que así sea. Porque claro, tampoco somos tontas, y también sabemos que el amor enajena, hiere, arrastra y si te descuidas te deja hecha papilla (en esos casos es cuando descubrimos que no hay nada como el hombro de esa buena amiga a la que casi olvidamos). Pero nos estamos haciendo dos preguntas: si amar de por sí es malo, y si no será que las mujeres nos empeñamos en hacer que -a veces, no siempre: estoy generalizando- lo sea.

Con respecto al primer interrogante: Pero ¿cómo va a ser malo amar, incluso si me apuras sentir que la vida gira en torno al amor? A mí en este aspecto, fijaos, me parece que las mujeres no estamos "vendiendo" bien nuestros valores. No sé qué hacemos o qué dejamos de hacer, pero no acabamos de enseñar a los hombres que amar es un valor positivo, incluso si me apuras enamorarse. Pues, ¿a qué hombre no le aterra enamorarse? Los hombres temen que su futuro se vaya al traste, que toda su esforzada masculinidad se venga abajo, que los amigos se burlen sin piedad de sus sentimientos incontrolados si una mujer se convierte -siquiera por una época: el amor desaforado no dura eternamente, se transforma o perece- en el centro de su existencia. Así que se resisten, claro. Con lo cual nos niegan por otra parte lo que más deseamos.

Las mujeres llevamos muy mal esta tendencia a "guardarse las espaldas" (por no decir el corazón) de los hombres, nos enervan esos silencios inoportunos, esa incapacidad de adivinar que un día determinado nos tienen que telefonear porque si no a nosotras se nos acaba el mundo. Invertimos mucha -demasiada- energía en tratar de averiguar cómo son, por qué hacen lo que hacen (y por qué no lo que no hacen), comiéndonos el tarro, en suma. Perdemos energía a espuertas, nos llenamos de ansiedad temiendo haber hecho algo incorrecto, pisoteamos nuestra autoestima sin contemplaciones, sin plantearnos que las cosas pueden hacerse de otra manera, que entre todas estamos contribuyendo a fomentar el mito de la mujer desesperada por conservar a cualquier precio la compañía masculina.

¿A alguna se le ha ocurrido tener siempre presente que los hombres simplemente son diferentes y que no está de más intentar entenderles para saber lo que pasa por sus cabezas? Cuesta aceptar que ellos vivan con más frialdad las relaciones, con mayor distanciamiento, lo sé. Al menos, que siempre aparentemente sea así. Pero es que de momento, y mientras no cambie su naturaleza o su educación, sea lo que sea lo que les hace tan reservados a nivel emocional, los hombres tenderán a guardarse sus sentimientos y a controlar sus emociones, imponiéndose a sí mismos su autocontrol y su lógica. No me atrevo a juzgar si esto es bueno o es malo; como siempre, depende. El caso es que suele ser así: lo tomas o lo dejas.

No es mi intención intentar cambiar a los hombres, aunque desde luego sí advertiros que a veces sí hacen trampa y nos dan menos de lo que necesitamos. En ocasiones aprovechan el tópico de las mujeres emocionalmente insaciables para escamotearnos la más mínima digna atención y el respeto que merecemos. Y esto, no te engañes más a ti misma, lo notas en tu fuero interno. Las mujeres sentimos cuando un hombre "nos chulea", pero no siempre extraemos el valor que necesitamos para decir "¡basta!". Le tenemos demasiado miedo a la pérdida, no en vano una mujer sola es una mujer que socialmente no tiene el mismo valor que una mujer con varón, mal que nos pese. Pero de nosotras depende el fijar los límites. Y eso es algo que os incumbe muy de cerca de las mujeres jóvenes, y que debéis tener muy presente con vuestras parejas desde el primer día. No os estoy diciendo que os volváis unas feroces intransigentes con todo aquello que os moleste, ojo, creo que me entendéis: sed honestas en primer lugar con vosotras mismas. Acabaréis siendo un amasijo de frustraciones si caéis en una forzada dependencia de los hombres, y a la larga será perjudicial tanto para ellos como para vosotras. El amor simbiosis de la mujer a veces no le deja espacio para ser ella misma, termina siendo un hoyo del que no sabe salir una vez que se ha metido en él. Lo deja todo por el varón, todo lo supedita a los deseos ajenos, hasta un grado en el que el propio varón resulta asfixiado por sus exigencias.

En cierto modo, el origen de esta situación se encuentra en el déficit en autoestima que las mujeres cultivan como su mal más preciado (no sólo se cuidan los bienes). Las mujeres, por obra y gracia de los mensajes que recibimos, de la cultura en la que estamos inmersas, terminamos siendo nuestras peores enemigas (de nosotras, y de las mujeres que nos rodean. Pero no cabe llorar y lamentarse de que es imposible estar a la altura de los cánones de belleza, de los modelos ideales de mujer: es nuestro deber analizar lo que nos llega, filtrarlo y, cuando es necesario, no dejarlo pasar, no darlo cobijo en nuestros cuerpos. Una de las batallas que le queda por librar a la mujer moderna es la de vencer la esclavitud de la belleza y de los imperativos de la moda. El día en que digamos "¡bendita carne de mujer!" (como se llamaba a la celulitis hasta hace nada, lo de "celulitis" es un nombre y un concepto inventado para castigo de nuestros bolsillos y eterno referente de nuestras insatisfacciones) habremos dado un gran paso. El primer paso de un largo camino, pero que resulta sin duda imprescindible.

Va siendo hora de recuperar el propio criterio sobre nuestros cuerpos. Fijaos en la hermosura oronda de muchas mujeres: qué bien les sientan las curvas, y con qué gracia las llevan. Dejad espacio a vuestros cuerpos para que se ajusten a vuestras personalidades, y no temáis por los hombres: ellos nunca nos juzgan tan duramente como hacemos nosotras mismas. Los hombres aprecian la belleza de nuestros cuerpos, y agradecerán sin duda más una mujer que disfruta del suyo que una mujer que parece que lo tiene para sufrir penalidades por su causa.

Y es que las mujeres acumulamos asignaturas pendientes. Porque sin duda otra de las cuestiones de las que se habla bien poco, y de las que hay que empezar a hablar, y mucho, es de nuestro deseo. ¿Deseo? ¿Qué es eso, dónde se encuentra? Pues no se sabe muy bien. A juzgar por los datos existentes, las mujeres avanzan en el ámbito profesional, pero no tanto en otros mucho más íntimos. Seguimos arrastrando el lastre de la pasividad, nuestros deseos difícilmente se expresan a partir de las exigencias de nuestro propio cuerpo, como si el interés erótico no formara parte de nosotras. Nuestra dependencia erótica de los hombres es hoy por hoy una realidad: aún los consideramos responsables de nuestro placer, y les cedemos la iniciativa en los encuentros. Las mujeres tienen dificultades para identificar las fuentes de su placer, prefieren aceptar lo que el hombre les "otorga" antes que reclamar lo que verdaderamente les apetece. Tal vez sea porque la educación tradicional se vuelca contra nuestra expresión del deseo y nuestra reivindicación del placer, o tal vez sea porque nuestra erótica es menos genital, más global que la del hombre, y aún no hemos cobrado mucha conciencia de ella. El caso es que, aunque sabemos que todas tenemos derecho al placer, no nos resulta fácil encontrar la vía de nuestros deseos.

Y esto que acabo de exponer no es algo que carezca de importancia. Muchas de vosotras os habréis acercado a las relaciones sexuales con una idea determinada de lo que debería suceder en ellas, acaso idealizándolas. La experiencia habrá sido la encargada de iros "obligando" a aterrizar, y es que las cosas a menudo no salen como quisiéramos.

Hagámosle trabajar un rato al sentido común. Los hombres jóvenes -salvo raras e inspiradas excepciones- tienen mucho por aprender acerca de vuestros cuerpos, y lo cierto es que muchas veces no saben cómo proporcionaros ese placer que ambos ansiáis. Que no se preocupen de buscarlo es otro asunto, que por desgracia también ocurre, pero muchos de ellos simplemente irán aprendiendo con la práctica, al igual que vosotras. Tened en cuenta que, en su conjunto, las mujeres somos bastante más complejas que ellos en la amatoria. Cada mujer -cada una de vosotras- es un mundo, nuestros cuerpos no responden de la misma manera. Y esto es hermoso, esta multiplicidad es una fuente de riqueza. Jamás hay que acomplejarse por no alcanzar el placer más que de una determinada forma, o por no llegar a él cómo pensamos que deberíamos.

Por citar un ejemplo, a muchas -muchísimas- mujeres les cuesta alcanzar el orgasmo durante el coito. Algunas lo logran con la estimulación adicional del clítoris durante la penetración, otras simplemente se concentran en las sensaciones de ésta mientras tiene lugar, y experimentan antes o después sus orgasmos por otras vías -a través de caricias propias, ajenas o compartidas, a través de la estimulación oral... -. Lo que trato de transmitiros es que, sea cual sea vuestra propia manera de disfrutar, de comunicaros, de expresar vuestros deseos, estará bien. Estaréis cultivando vuestra erótica individual, singularizando vuestras conductas, afinando vuestras fantasías, y aprendiendo a ser, cada día un poco más, esa mujer que sólo cada una de vosotras puede ser, y que nadie puede ser por ella.

Ya sabemos que a los varones se les atribuye una hipersexualidad -que en muchos casos no deja de ser un mito-, y que nosotras a menudo tenemos que definirnos frente a dos opiniones muy dispares que nos atañen: por un lado, quienes piensan que las mujeres sienten tanto deseo como los hombres, pero -protegiéndose ante posibles críticas- evitan manifestarlo; por otro, quienes sí piensan que los hombres sienten más deseo, incluso les cuesta controlarlo, por lo que somos nosotras -menos deseantes- quienes debemos poner los límites. Yo no sé si tú te defines o no como "mujer deseante" y te sientes más próxima a la primera postura, o si por el contrario te sientes más afín a la segunda opinión. En cualquier caso, repito, sea cual sea tu criterio, la íntima sensación de tu cuerpo, lo que importa es que seas fiel a ti misma. Tengo siempre presente: nadie te obliga a ser deseante o a no serlo, el deseo aparece cuando tiene que aparecer, y sigue múltiples formas.

Es muy posible que en muchas de vosotras el deseo surja a la par que el amor. Las mujeres tendemos a "despertar" eróticamente a raíz de una relación con un hombre, a descubrir entonces facetas de nosotras mismas que desconocíamos. Y seguramente nos resulte más fácil si esta relación es continuada en el tiempo. No le pidáis peras al olmo: las relaciones ocasionales, de ligue, nos dan lo que nos dan: emoción, excitación, estímulo, pero no siempre son en la cama lo que en nuestra imaginación nos hubiera gustado que fueran. Que a lo mejor tenéis suerte, y es algo increíble, mira que bien. En cualquier caso, me atrevería a daros dos consejos en este caso: uno, nunca prescindáis del preservativo (lo traiga él, o vosotras, que no sois mancas, ¿no?), y otra, que "colaboréis". Me explico. Hoy en día nos hemos convencido todos de que el "aquí te pillo, aquí te mato" y el coito en dos minutos con orgasmo conjunto incluido es el no va más de las modalidades. Bueno... Que los chicos cumplan su parte a la hora de desmitificar lo desmitificable, yo ahora me refiero a vosotras: ¿Qué tal si os planteáis seriamente si eso es lo que deseáis, si disfrutáis así? Que tenéis claro que os va la penetración -o el "acoplamiento" de vuestros genitales, que se puede nombrar de otras maneras-, perfecto. Pero si lo hacéis "por él", por lo que va a pensar, por lo que va a contar... A lo mejor no hay mayor regalo para un hombre que una mujer disfrute de verdad con él. Pero, si no le dais pistas, ¿cómo va a averiguar lo que os apetece?

Aprended a escuchar vuestros cuerpos. No os dejéis contagiar por esa avidez orgásmica y penetrativa propia de nuestra época, a menos que la elijáis libremente. Encontrad vuestro propio camino hacia la íntima comunión con vuestro deseo, y hacia esos chicos que agradecen vuestras señales aunque no siempre lo expresen. Los hombres tienen habitualmente una mayor facilidad para disfrutar de sus cuerpos, para gozar con ellos, para saber lo que les piden, y eso es algo que podemos aprender de ellos: a ser también nosotras un poquito más corporales, más espontáneas, más sueltas en nuestras manifestaciones.

Y por supuesto: sea con un ligue ocasional, sea con una pareja estable, si optáis por la penetración, ¡nunca dejéis de hacer partícipe al preservativo de vuestros juegos! Puede ser divertido ponerle el condón al chico, o acariciarle mientras él lo hace (los hombres siempre agradecen la ternura), no os avergoncéis de lo que en nada es vergonzoso, y sí entrañable: estáis ambos aprendiendo a disfrutar el uno del otro en múltiples aspectos. Un embarazo inesperado o una ETS no son agradables para nadie.

Y ni una palabra más, que una tiene sus limitaciones de espacio. Ha sido un gusto escribir para vosotras.

Un abrazo,

María José Rodríguez, Madrid

(Sexóloga, escritora, amante, amiga, madre, hermana, constante apasionada de la vida...)