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Sexualidad.
Diálogos con Adolescentes.
¿Falla
mucho el preservativo?¿Cuantas eyaculaciones puede aguantar el hombre en un
coito? Con entrenamiento, ¿alcanzas mayor vigor sexual? ¿Por qué tienen
diferente predisposición las chicas? ¿Qué cambios suceden después de la
primera vez? ¿Qué es el punto G? ¿Dónde está? ¿Son importantes los tamaños
par el placer? ¿Cómo evitar el contagio de SIDA? ¿Cuánto dura un coito? ¿Son
recomendables las caricias y los juegos antes y después del coito? Forma
adecuada de ponerse un condón, ¿cómo se sabe si se rompe? ¿Qué es más
efectivo el preservativo o la píldora? ¿Qué pasaría si en una relación
sexual uno de los dos no se excita? ¿Cuál es la mejor manera de disfrutar del
sexo? ¿Se puede hacer el amor cuando la chica está con la regla? ¿Tiene
consecuencias masturbarse muchas veces? ¿Es bueno masturbarse? ¿Salen granos?
¿A que edad se puede hacer el amor? La primera vez, ¿siempre duele? ¿Es
importante la higiene? Los homosexuales ¿tienen que usar siempre el
preservativo, aunque ninguno tenga el SIDA? ¿Cuál es el mejor método
anticonceptivo para jóvenes? ¿Por qué las chicas tienen tanto miedo a las
relaciones sexuales? ¿Quién llega antes al orgasmo? ¿Por qué se produce la
impotencia, vaginismo, eyaculación precoz...?
Estas
preguntas son sólo algunos ejemplos
de las que suelen plantear los chicos y chicas adolescentes cuando se les da la
oportunidad de hablar de sexo, sexualidad o de relaciones eróticas. Si los
padres y madres son conscientes de que por ahí pueden ir las dudas y de que
merece la pena resolverlas, ya tenemos el
lío. ¿Qué podrían hacer?
Desde
luego lo que sale mal es dar “la charla”. Al fin y al cabo el objetivo como
padres y madres no es sólo transmitirles información si no mantener abierta
la puerta del diálogo para estos temas. Y “la charla” o “el sermón”
poco tienen que ver con ese diálogo.
Si
el padre o la madre huyendo del “sermón” y amparado en que cada uno es como
es, se queda esperando a que le hagan las preguntas pertinentes. Puede que pase
toda la adolescencia de su hijo o de su hija “esperando a Godot”. Y es que
la adolescencia ya no suele ser el
momento de preguntar a los padres. Además, y dicho sea de paso, el formato
pregunta-respuesta tiene muy poco que ver con la Educación Sexual.
Estamos
hablando desde lo general, pero en absoluto es contradictorio con ser plenamente
conscientes de que las realidades son
siempre particulares. Hablando de Sexualidad no puede ser de otra manera,
cada uno y cada una somos, nos vivimos y nos expresamos de modo único, de modo
particular.
Volviendo
a los padres y al diálogo, otro recordatorio, el
diálogo no puede ser impuesto, no basta con la buena voluntad de una de las
partes. A dialogar también se aprende. Y desde luego insistir con “ahora dime
tú lo que piensas”, “tu qué has oído” “qué te han contado” “a ti
qué te parece”... De esas frases, y sobre todo de su insistencia, el diálogo
no brota.
Un
ejemplo, cuando el chico o chica preadolescente empieza con los cambios
corporales no es infrecuente que le surja el pudor. Y que si hasta entonces no le importaba que su padre o su
madre le vieran desnudo, ahora puede que le empiece a importar, se gira mientras
se cambia, espera que salgas del cuarto, cierra la puerta... Como es lógico los
padres sienten una legítima curiosidad por ver como va el desarrollo corporal
de su hijo o hija, pero como también es lógico respetan su pudor y a ninguno
se le ocurre “tirar de la toalla” para verles el cuerpo desnudo.
Esto
que se ve con claridad al hablar del cuerpo, no se ve con la misma claridad al
hablar de las ideas. Recordad las insistentes frases del tipo “ahora dime
tu”, que actúan como si “tiráramos de la toalla de las ideas”.
Y, es que, al adolescente igual que le cambia el cuerpo, le
cambia la forma de pensar. Y, del mismo modo, que a quien se le respetó el
pudor, puede que cuando sienta que
su cuerpo “vuelve a estar presentable” deje, de nuevo, que le vean desnudo,
así a quien no se le insistió hasta espantarle puede que, más adelante, acabe
dejándose ver por dentro.
A
dialogar se aprende,
y esto quiere decir, que para aprender a hablar, primero hay que aprender a
escuchar y eso lleva implícito que los padres respeten los silencios. ¿Qué quiero decir? Que ante una situación
donde el padre o la madre sienten la necesidad de comentar algo, por supuesto
que deben hacerlo. Es más, si no
lo hicieran y todos fueran conscientes de que “había tema”, a lo único que
habrán aprendido es a no hablar y hacer “como
que no vemos”. Mal asunto.
Volviendo
a los que quieren hablar. Los padres cuentan a sus hijos algo por que les
parece oportuno y porque les parece
importante que lo sepan. No para que, después, les cuenten algo. Si fuera
así sería trampa. Y, además, lo único que se lograría es que el chico o la
chica estuviese más pendiente de lo que le iban a preguntar que de lo que le
estuvieran contando. Sin embargo, cuando uno sabe que no le van a insistir, que
le van a respetar el silencio es cuando empezará a escuchar. Primer paso para
aprender a dialogar.
Hay
más puntos sobre la Educación Sexual en el ámbito de la familia, pero quiero
acabar con uno de ellos “la naturalidad”.
Es un lugar común que para hacer Educación Sexual de calidad hay que actuar
con naturalidad. Lo que suele interpretarse como ser capaz de muchas cosas: de
desnudarse, de hablar del punto G sin rubor, de dar preservativos, de permitir
“encuentros” en tu propia casa... Yo creo que la naturalidad no va por ahí.
Es verdad que la Educación Sexual tiene que ver con ser naturales, pero yo creo
que significa ser capaz de, sólo una cosa, “mostrarte
como eres”.
El
objetivo de la Educación Sexual es
que chicos y chicas aprendan a conocerse,
a aceptarse y a vivir y expresar su erótica de modo que sean felices. Si el
padre y la madre se expresan como son estarán enseñando a que sus hijos
aprendan a expresarse como son. Y este aprendizaje es mucho más importante que
hablarles del tamaño del pene, las marcas de preservativos o la última
postura.
Como
es evidente, mostrarse como uno es implica también dar explicaciones para no
dar lugar a la arbitrariedad y sí a los criterios. El terreno de las familias es el de la
opinión. Por eso sería bueno aprender a empezar las frases diciendo “lo
que a mi me parece” “según mi forma de pensar”
“lo que a mi me ha ido bien” “mis valores son” ... Una cosa es
hablar en “primera persona” y otra muy distinta dogmatizar, hablar desde el
“tener que”. Seguro que si sembramos desde la opinión, acabaremos
recogiendo. Y lo que es más importante la puerta no se cerrará y sabrán que
nos tienen para cuando nos necesiten.
Por
cierto que para garantizar ciertas informaciones podremos facilitar a los hijos
e hija libros, manuales o folletos. Como ya hemos visto no
es lo informativo lo trascendental entre padres e hijos.
Carlos
de la Cruz
Sexólogo.
Responsable del Plan Municipal de Educación Sexual del Ayuntamiento de Leganés
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